jueves, 18 de julio de 2013

Objeciones al escrito de Rachmel Fydland

MIS OBJECIONES AL ESCRITO DE RACHMIEL FYDLAND

Por Irving Gatell.


1 Rachmiel Frydland 

No es “uno de los últimos maestros del Talmud”. Es un judío que se convirtió al Cristianismo. En los medios judíos, su conocimiento del Talmud no es ni siquiera notable, y no ha impresionado a nadie con sus pseudo-estudios. En realidad, sólo ha impresionado a cristianos (pero ya sabemos que, cuando quieren, se dejan impresionar prácticamente por cualquiera).

2 La maldición de Jeconías

Cuando un razonamiento empieza con una premisa falsa, todo resulta falso. Frydland COMETE UN ERROR PATÉTICO en su análisis del tema de la maldición de Jeconías. Cita Jeremías 22:30, y deduce que allí estaba anunciado que Jeconías moriría sin hijos. Por lo tanto, al registrarse en I Crónicas 3:17 y 18 que Jeconías tuvo ocho hijos, Frydland sostiene que una parte de la maldición fue retirada.

Falso.

Jeremías 22:30 JAMÁS DICE QUE JECONÍAS MORIRÍA SIN HIJOS. 

Dice “...escribid lo que sucederá a este hombre privado de descendencia...”

Eso no significa que esté sentenciado a no tener descendencia. Significa que EN ESE MOMENTO NO LA TIENE. Nada más. Y hay una prueba CONTUNDENTE para demostrar que Frydland se atragandó con algo muy sencillo: ESE MISMO VERSÍCULO agrega, un poco más adelante: “... NINGUNO DE SU DESCENDENCIA logrará sentarse sobre el trono de David...”.

Entonces, el texto donde se maldice a Jeconías DA POR HECHO QUE VA A TENER DESCENDENCIA. Pero Frydland no se da cuenta, y tergiversa el sentido del pasaje para luego continuar con su razonamiento falaz.

Bueno: Jeremías habla de la futura descendencia de Jeconías, y Frydland dice que Jeremías maldijo a Jeconías para no tener descendencia. ¿Qué podemos esperar de este pseudo-talmudista?

El mejor argumento que tenemos para demostrar que la maldición NUNCA SE RETIRÓ es la Historia. A Jeconías se le dijo que NINGUNO DE SUS DESCENDIENTES volvería a ocupar el trono de Judá.

Y ninguno lo hizo. La maldición no fue retirada.

Pueden decir todo lo que gusten sobre Zerubabel, pero no fue rey sobre el trono de David, sino apenas un exiliarca sometido al poder persa. Pueden decir todo lo que quieran sobre el arrepentimiento de Jeconías y los hijos que tuvo después, pero LA REALIDAD OBJETIVA es que NINGUNO de sus descendientes volvió a ocupar el trono de David.

3 La Tradición de los 6 mil años

Resumiendo datos, Frydland se aferra a fuentes talmúdicas donde se dice que habrá 2 mil años de desolación, 2 mil años de Torá, 2 mil años del Mesías, y en el séptimo y último milenio, la resurrección. Luego, empieza con sus dislates.

El primer error que comete consiste en decir que esta tradición se basa en que Daniel 9:24-26 predice la época de la venida del Mesías.

Qué extraño: NINGUNO de los rabinos que hablaron sobre la tradición de los 6 mil años mencionó jamás ese pasaje de Daniel. Resulta, por lo tanto, absurdo que Frydland diga que “esa es la base”, cuando NADIE la menciona como la base.

En realidad, sucede algo más vulgar: Frydland quiere mezclar un tema con otro para poder sustentar sus creencias. Por cierto, pasa por alto el hecho sobradamente demostrado de que EN EL HEBREO ORIGINAL de Daniel 9:24-26, se habla claramente DE DOS MESÍAS (pero eso lo dejo para después).

Luego, cita al rabino Moisés Abraham Levi: “He examinado y indagado todas las Sagradas Escrituras y no he encontrado el tiempo claramente fijado para la Venida del Mashiaj, excepto en las palabras de Gabriel al profeta Daniel, las cuales están Escritas en el noveno capítulo de la profecía de Daniel.” 

Esta cita tiene UN SEVERO PROBLEMA:

Nadie sabe quién fue el rabino Moisés Abraham Levi, y menos aún en qué libro escribió eso. Consultando fuentes judías, lo único que me topé fue con la burla de los conocedores que señalan que todo parece indicar que se trata de una cita INVENTADA. Todas las referencias que se pueden encontrar al tal Moisés Abraham Levi y sus palabras PROVIENEN DE FUENTES, PÁGINAS O PORTALES CRISTIANOS. No existe UNA SOLA referencia que provenga de una enciclopedia o un texto sobre historia judía.

Luego cita Meguila 3a, donde -en resumen- se cuenta cómo El Eterno prohibió la traducción targúmica de los Hagiógrafos (entre los cuales está Daniel) “...porque la fecha del Mashiaj estaba señalada allí”.

Qué interesante tontería: según la tradición targúmica, esa prohibición se la hicieron a Jonatan ben Uziel, que tradujo los Profetas al arameo, pero no recibió permiso para traducir los Ketuvim, justo por eso: porque hubiera revelado la fecha de la llegada del Mesías.

Ahora bien: Jonatán ben Uziel fue alumno de Hillel el Grande, lo cual lo hace contemporáneo exacto de Jesús de Nazaret. Por lo tanto, si se le prohibió que tradujera los Ketuvim y revelara con ello la fecha de la futura llegada del Mesías, parece ser que se trata de una fecha ubicada en el futuro, por lo que Jesús de Nazaret quedaría descartado.

¿Tenemos elementos para resolver la duda obligada respecto a qué tan futura era la expectativa? Los tenemos: la discusión sobre la llegada del Mesías preservada en el tratado Sanhedrin (diversos folios, pero sobre todo los 97 y 98) aconteció unos cien años después de Jonatán ben Uziel, y allí todavía se da por sentado que esa llegada es algo FUTURO. Entonces, Jesús de Nazaret queda superado ampliamente por las expectativas de la llegada del Mesías derivadas del singular caso de Jonatán ben Uziel.

Aquí el punto es simple: la tradición de los 6 mil años NO INDICA que el Mesías tenga que llegar en el año 4000. Por el contrario: si da por sentado que la resurrección ocurrirá en el 7mo milenio, entonces la llegada del Mesías es AL FINAL del 6to milenio. Es decir: si estamos en el año 5773, entonces -de acuerdo a esa tradición- todavía faltan unos 227 años para que llegue el Mesías.

El absurdo es evidente cuando Frydland hace un recuento de lo que, a su modo de entender, indica esta tradición (cito textualmente): a) Que el mundo durará 7 mil años y el 7mo milenio será diferente; b) Que el Mesías vendrá en el año 4000 y que la Era Mesiánica durará 2 mil años; c) Que en el tercer milenio que le sigue a los 2 mil años de la era Mesiánica (el 7mo Milenio), la resurrección de los muertos se llevará a cabo.

Hay un error patético y evidente: no sé cómo se le ocurre a Frydland definir como “era Mesiánica” los 2 mil años que hay desde Jesús de Nazaret (y que todavía están corriendo). Han sido los más desastrosos para la humanidad. ¿Eso es la era Mesiánica? Mejor que no hubiera llegado ningún Mesías.

Ahora bien: decir que el Mesías llega en el año 4000 carece de lógica si la resurrección va a tardar todavía 3 mil años en producirse. Pero, aún en ese caso, el asunto no se ajusta a Jesús de Nazaret. Si en este momento estamos en el año 5773 y Jesús fue crucificado hacia el año 30 (me atengo a los datos cronológicos ofrecidos por Lucas, que marca el inicio del ministerio de Jesús en el año catorce de Tiberio, que equivale -demostrado históricamente- al año 29 EC; Lucas describe un ministerio de Jesús de un año de duración, al igual que Mateo y Marcos), o el año 32 (si tomamos la crónica de Juan, que describe un ministerio de tres años), entonces estamos hablando de que fue ejecutado entre los años 3790 y 3792 del calendario hebreo. Entonces, LE FALLÓ por 208 o 210 años.

Me han objetado que “el calendario hebreo está mal”, pero esta objeción es singularmente tonta. Principalmente, porque todo el asunto de la tradición de los 6 mil años SE BASA EN COMENTARIOS DE RABINOS QUE USABAN EL MISMO CALENDARIO QUE HOY ESTÁ EN EL 5773, y que por lo tanto ubicaría la muerte de Jesús entre los años 3790 y 3792.

Entonces, es RIDÍCULO decir: “ah, estos rabinos tenían como parámetro del tiempo un calendario según el cual Jesús murió en el año 3790, pero dijeron algo que yo puedo entender como que el Mesías vendría en el año 4 mil; entonces, eso demuestra que Jesús es el Mesías, pero que el calendario que usaban esos rabinos está mal...”.

Si quieren usar o disponer a su antojo de las fuentes rabínicas, lo más honesto es admitirlas COMO SON. Y según las fuentes rabínicas, Jesús habría muerto entre los años 3790 y 3792. Por lo tanto, NO CALIFICA como el Mesías que, supuestamente, habría de llegar en el año 4000 (sin olvidar que ese dato es falaz; la llegada del Mesías, según esta tradición, sería en el año 6000).

4 Un disparate de Frydland...

Frydland intenta asirse otra vez a Daniel 9, y dice: “La profecía de Daniel también declara que el Templo será destruido en algún momento después de las 69 semanas...”.

Falso. Grotesco. Es repugnante la manera en la que Frydland MANIPULA el texto de Daniel, porque LA PROFECÍA DECLARA QUE EL TEMPLO SERÁ DESTRUIDO INMEDIATAMENTE DESPUÉS DE LA SEMANA 69. En la semana 70, por cierto.

Al decir “...en algún momento después...”, Frydland quiere dejar abierta la posibilidad para no tomar en cuenta los 40 años que transcurrieron entre la muerte de Jesús y la destrucción del Templo, pero Daniel ES EXPLÍCITO: al final de la semana 69, “un mesías será cortado”, y a la mitad de la semana 70 (es decir: TRES AÑOS Y MEDIO DESPUÉS) el Templo será destruido.

Si se le quiere dar el respeto y propiedad correcta al texto de Daniel, JESÚS NO CALIFICA PARA SER ESE MESÍAS “CORTADO”, porque no fue “cortado” tres años y medio antes de la destrucción del Templo.

Recalco: Daniel no habla de “un tiempo después”. Habla de TRES AÑOS Y MEDIO después.

5 Algunas citas dispersas

Frydland cita el párrafo de Suka 51a donde se habla del Mashiaj ben Yosef. No sé para qué. Jesús de Nazaret no tiene nada que ver con las tribus de Yosef, porque -se supone- era descendiente del rey David y, por lo tanto, de la tribu de Yehudá. Un comentario completamente ocioso por parte de Frydland.

Luego, cita los Targumim Onkelos y Yerushalmi para sustentar su idea de que Génesis 49:10 (“...no será quitado el cetro de Yehudá hasta que venga Shiló...”) debe ser entendido como que no dejaría de haber reyes en Judá sino hasta la venida del Mesías.

Pues bien: resulta que EL ÚLTIMO REY EN JUDÁ perdió su trono en el año 587 AEC. Entonces, lo que tenemos es otro dato ocioso por parte de Frydland.

Pero no se rinde: intenta justificarlo apelando a que el Talmud dice que “...el poder para dictar sentencias de muerte...” le fue quitado al Judaísmo unos 40 años antes de la destrucción del Templo. Y yo pregunto: ¿y eso qué tiene que ver? Los Targumim hablan de REYES, no de “el poder para dictar la pena capital”.

Es el estilo de los Mesiánicos y Nazarenos: diluir los datos, hacerlos ambiguos, para luego suponer que donde dice “pena capital” uno puede entender (y hasta debe entender) “reyes”, y listo: Jesús es el Mesías.

Pero a veces son todavía más descarados y hacen cosas peores. Por ejemplo...

6 Manipulación descarada de textos talmúdicos

Frydland cita varias secciones talmúdicas donde se habla del famoso cordón escarlata del Templo. De acuerdo con la tradición talmúdica, si en Yom Kippur ese cordón se ponía blanco, la gente se regocijaba porque sus pecados habían sido perdonados; si permanecía escarlata, se entristecía porque sus pecados no habían sido perdonados.

Según Frydland, el tratado Rosh Hashaná 31b dice lo siguiente:
“40 años previos a la destrucción del Templo, la porción de la mano derecha del Cohen Hagadol (Sumo Sacerdote) sobre los sacrificios de las cabras había cesado como lo fue previamente, y el cordón de color carmesí puesto en Yom Kipur nunca más se tornó en blanco lo cual indicaba el Perdón de Elohim sobre los pecados de Israel.”
Falso. Absoluta y completamente falso. 

El texto dice lo siguiente: 
“Rabí Yojanan ben Zakkai vivió 120 años. 40 años se dedicó a los negocios, 40 años a estudiar, y 40 años a enseñar. Y a nosotros se nos dijo: desde cuarenta años antes de la destrucción del Templo la cinta escarlata no se convirtió en blanca y permaneció roja. Y la Mishná establece: después de la destrucción del Templo, Rabi Yojanan ben Zakkai dictaminó una halajá...”.
Como puede notarse, la cita dada por Frydland está MANIPULADA para enfatizar una idea que, en el texto talmúdico, es completamente colateral, y que sólo sirve como referencia cronológica para resolver el problema que están discutiendo los rabinos en esa página: si una halajá sobre las frutas que se presentaban en el Templo fue dictaminada por Ben Zakkai o por otro rabino.

Al asunto del listón rojo NADIE en esa discusión le dio importancia, lo que evidencia que se trataba de una narrativa popular que todos conocían, pero que carecía de significado trascendental para los rabinos. Por eso resulta patético que Frydland manipule el texto para hacer creer que los rabinos estaban reflexionando sobre el perdón de los pecados de Israel.

Luego cita el tratado Yoma 39b:
“En este mismo tiempo, 40 años previos a la destrucción del Templo, la luz occidental no seguía encendida como lo fue anteriormente, y que las puertas del templo nunca más se abrieron por sí mismas.” 
Nuevamente, la cita es inexacta y, principalmente, incompleta. 

El texto dice lo siguiente:
“Durante los últimos 40 años antes de la destrucción del Templo, la suerte nunca cayó en la mano derecha, ni el cordón escarlata se tornó blanco, ni la luz más occidental brilló, ni las puertas del Hekal se abrieron por sí mismas, hasta que Rabi Yojanan ben Zakkai las reprendió diciendo: Hekal, Hekal, ¿por qué tienes que ser la alarma tú mismo? Yo sé que serás destruido, porque Zejariah ben Iddo lo profetizó”.
Ahora bien: ¿qué es lo que está mal con todas estas consideraciones de Frydland? Que usa todas estas referencias para afirmar que el Mesías debía llegar a mediados del siglo I EC.

Veamos:
a) La tradición de los 6 mil años está mal enfocada. Según esa tradición, el Mesías debe llegar en el año 6000, no en el año 4000. Aún en el caso contrario, Jesús murió en el año 3790 del calendario hebreo, si acaso le concedemos historicidad a los datos que podemos obtener de los evangelios. Falló por dos siglos. 
b) Frydland sostiene que la tradición de los 6 mil años se basa en Daniel 9:24-26. Es falso. En NINGUNO de los pasajes talmúdicos que hablan sobre esta tradición se menciona jamás al libro de Daniel. La tradición se deriva de una idea más elemental: una semana de milenios, donde el séptimo milenio es un Shabat. 
c) Naturalmente, para sustentar su idea, Frydland tiene que cometer todos los errores del Cristianismo respecto a Daniel 9:24-26, mismos que comentaré en el siguiente punto. 
d) Frydland apela a Génesis 49:10 como una base para decir que el cetro sería quitado de Judá cuando llegara el Mesías. Estrictamente hablando, el cetro fue quitado de Judá en el año 587 AEC, cuando el último rey del linaje de David fue depuesto por Nabucodonosor. 
e) Finlamente, Frydland centra todo el peso de su argumentación en Daniel: si su profecía falló, fue un falso profeta.
Entonces, vamos con Daniel y los errores característicos del Cristianismo al analizar el oráculo de las 70 semanas.

7 Daniel 9:24-27 y los errores propios de la interpretación cristiana

a) Suponer que Daniel habla de “el Mesías”.
El término hebreo para decir “el Mesías” es HAMASHIAJ. Daniel 9:24-26 NUNCA usa esa forma gramatical. Dice, simplemente, MASHIAJ. En ese caso y ante la ausencia del artículo HA, la traducción no es “el Mesís”, sino “un Mesías” o “un Ungido”.

¿A quién se puede referir el término “un Ungido”? En el hebreo bíblico, a cualquier rey o Sumo Sacerdote. Por ejemplo, Levítico 4:3 es EL ÚNICO versículo en la Biblia que usa el término HAMASHIAJ, y lo hace para referirse a “el Sacerdote Ungido”. Literalmente, dice “COHEN HAMASHIAJ”.

Y el Salmo 105:15 es muy explícito al decir “no toquéis a MIS UNGIDOS”. Literalmente, en el hebreo, MESHIJIM, que es la forma plural posesiva de “mesías” (“mis mesías”).

b) Suponer que Daniel haba de UN Mesías

Daniel habla de DOS MESÍAS. El Cristianismo siempre ha apelado a una traducción incorrecta del versículo 25 para poder reducir la idea a un solo Mesías. Por eso, la parte que en hebreo dice “...desde la salida de la orden para restaurar Jerusalén hasta un príncipe ungido habrá siete semanas y sesenta y dos semanas se reconstruirá la plaza y el muro...”.

Lo puse sin signos de puntuación, tal y como se escribía el hebreo antiguo. Como es evidente, y debido a las características gramaticales del hebreo antiguo, faltan palabras para que el texto tenga sentido en español. Al respecto, tenemos dos opciones:
“...desde la salida de la orden para restaurar Jerusalén hasta un príncipe ungido habrá siete semanas, y (en) sesenta y dos semanas se reconstruirá la plaza y el muro...”. 
“...desde la salida de la orden para restaurar Jerusalén hasta un príncipe ungido habra siete semanas y sesenta y dos semanas, (y) se reconstruirá la plaza y el muro...”.

No se necesitan dos dedos de frente para ver que la opción correcta es la primera. No tiene ningún sentido querer decir “sesenta y nueve semanas” diciendo “siete semanas y sesenta y dos semanas”. Cualquiera que esté moderadamente acostumbrado a la lógica del hebreo antiguo entiende que si el autor está poniendo dos cifras distintas, es porque está contando dos cosas distintas: siete semanas para la manifestación de un príncipe ungido, y sesenta y dos semanas para terminar de reconstruir la plaza y el muro.

Como bien sabemos, el texto continúa diciendo: 

“...y después de las sesenta y nueve semanas, se cortará a un ungido...”.

Entonces, en el hebreo original un ungido se manifiesta al final de la semana 7, y otro es cortado al final de la semana 69. Son DOS MESÍAS o UNGIDOS, no uno. Para el Judaísmo esto no tienen ningún problema (recuérdese el Salmo 105:15 que habla, explícitamente, de UNGIDOS). El Cristianismo es el que no soporta esta idea, y la costumbre de proponer una traducción absurda (“...siete semanas y sesenta y dos semanas...” para decir “sesenta y nueve semanas”) se deriva, a todas luces, de un prejuicio teológico, no de una base gramatical).

c) Dar por hecho que el ungido de la semana 69 tiene que morir

El verbo usado en el original es IKARET, que significa “será cortado”, no “será muerto” o “se le quitará la vida”. “Cortado”, en hebreo antiguo, puede traducirse como “muerto”, pero esta sólo es una opción. También puede traducirse como “despojado” o “separado”. Entonces, la premisa de que “el Mesías TENÍA QUE MORIR al final de la semana 69 es falsa”. Es una opción, pero NO ES LA ÚNICA.

d) Decir que “el Templo tenía sería destruido algún tiempo después de la semana 69”

De hecho, esta idea es medular en todo el razonamiento de Frydland. Pero está mal: el Templo tenía que ser destruido TRES AÑOS Y MEDIO después de que un ungido fuera cortado (no necesariamente muerto).

Esta es la parte donde más se evidencia la fragilidad del argumento cristiano. De una u otra manera, siempre tienen que apelar a que la semana 69 y la semana 70 no son consecutivas, y que se tiene que permitir un espacio de tiempo intermedio. De lo contrario, sus cuentas NO FUNCIONAN, porque entre la muerte de Jesús (pretendido final de la Semana 69) y la destrucción del Templo hubo entre 38 y 40 años, lo que representa entre 5 y 6 semanas extras. Entonces, la profecía debería ser “de las 75 semanas”, o “de las 76 semanas”.

Pero semejante arbitrariedad no cabe en Daniel. La lógica del oráculo es muy simple: 70 Semanas, o 490 años, están destinados para la destrucción del Templo y Jerusalén. Y cuando Daniel dice 490 AÑOS, se refiere a 490 AÑOS, no a 530.

Esa ambigüedad de que “el Templo tenía que ser destruido algún tiempo después de la semana 69” sólo es un reflejo patético de la aceptación de que Jesús NO CABE EN ESTE ESQUEMA.

e) Centrar el meollo de la profecía en la muerte del segundo ungido

El epicentro de la profecía es la destrucción de Jerusalén, no la muerte del segundo ungido. Por eso la inevitable trampa para obtener un pretexto que justifique que Jerusalén no haya sido destruida tres años y medio después de la muerte de Jesús: en la lógica cristiana, el momento importante es la muerte del ungido, y EN FUNCIÓN DE ESO se intenta explicar el asunto de la destrucción de Jerusalén y el Templo. Pero en la lógica de Daniel, la destrucción de Jerusalén y el Templo SON LOS TEMAS CENTRALES, y es en función de ello que debemos explicar cómo fue cortado el segundo ungido.

f) Intentar datar las Semanas en función del decreto

Este asunto de las fechas siempre ha sido controversial, y los propios cristianos no se ponen de acuerdo sobre dónde empezar la cuenta y cómo terminarla. Pero empecemos por lo más sencillo: tengo una fecha de inicio (la semana 1) y una fecha de finalización (la semana 70), y quiero ubicar en qué momento aconteció la semana 69. Por simple lógica: ¿por donde debo empezar? Por la semana 70, que está a UNA semana de distancia de la semana 69.

La única razón para no proceder de este modo, sería que hubiera una absoluta ambigüedad respecto a la Semana 70, y una absoluta seguridad respecto a la semana 1. Pero EL CASO ES EXACTAMENTE AL REVÉS.

Mientras que generaciones de cristianos se han pasado discutiendo DÓNDE DEBE COMENZAR la cuenta, está perfectamente claro que la Semana 70 describe los eventos acontecidos entre los años 66 y 73, cuando Judea se levantó en armas contra Roma. “La mitad de la semana 70” es, a todas luces, el año 70 cuando Jerusalén y el Templo fueron destruidos.

Entonces, por simple y elemental lógica, ¿cuándo aconteció la semana 69? Pues entre los años 59 y 66. Tan simple.

¿Por qué el Cristianismo NO PUEDE asumir esta lógica tan elemental? Porque revienta su teoría de la fecha de la muerte del Mesías, pese a que el pasaje habla de dos mesías, no de uno, y que ni siquiera es obligatorio asumir que tiene que morir, porque el hebreo NO USA el verbo morir.

g) Suponer que la fecha para iniciar la cuenta es el decreto de Artajerjes I en el año 445 AEC

Daniel dice que la cuenta empieza con “la orden para restaurar Jerusalén”. Cuando Artajerjes publicó ese decreto, Jerusalén tenía CASI UN SIGLO que había sido repoblada. Entonces, su decreto NO PUDO HABER SIDO EL DECRETO para restaurar Jerusalén. En realidad, fue el decreto para reconstruir la muralla. Pero Daniel dice “restaurar Jerusalén”, no “restaurar la muralla”.

Pero se puede apelar a que una ciudad puede estar repoblada en parte, pero no necesariamente “restaurada”, y es correcto. Entonces, la pregunta obligada es ¿qué se necesitaba para considerar que Jerusalén había sido restaurada? Naturalmente, restaurar su lugar emblemático. Y es obvio que la muralla no lo es. Es EL TEMPLO. 

¿Quién dio el decreto para restaurar Jerusalén? No hay nada que especular. La Biblia es PRECISA al respecto. Nos dice, respecto a la reconstrucción del Templo: “Edificaron y terminaron POR ORDEN DEL D-OS DE ISRAEL, y por mandato de Ciro, de Darío y de Artajerjes...” (Ezra 6:14).

Como puede verse, en la lógica del texto bíblico, las órdenes de Ciro, Darío y Artajerjes sólo fueron un eco de la verdadera orden para restaurar Jerusalén, que fue dada por D-os mismo.

Ahora: ¿cuándo la dio? La pista nos la da otra vez Ezra: “En el primer año de Ciro rey de Persia, PARA QUE SE CUMPLIESE LA PALABRA DEL SEÑOR POR BOCA DE JEREMÍAS, despertó el Señor el espíritu de Ciro, el cual hizo pregonar...: el Señor D-os de los cielos me ha dado todos los reinos de la tierra, y me ha mandado que le edifique casa en Jerusalén...”.

Entonces, la orden de D-os para restaurar Jerusalén fue dada por medio de Jeremías. La primera vez que Jeremías profetizó la restauración de Jerusalén está registrada en Jeremías 33, y el versículo 1 ubica que en ese momento el profeta estaba encarcelado. Jeremías 32:1-3 nos da la fecha de ese encarcelamiento: el año décimo de Sedequías, justo cuando el ejército de Babilonia tenía sitiada a Jerusalén.

Sedequías reinó once años, según II Crónicas 36:11, y fue depuesto del trono cuando Nabucodonosor y las tropas babilónicas invadieron Judea. Es un evento perfectamente fechado: Jerusalén cayó en el año 587 AEC. Entonces, ese fue el año onceavo de Sedequías, por lo que su año décimo fue el 588 AEC.

Ese fue el año en que D-os, por medio de su profeta Jeremías, anunció la restauración de Jerusalén. Y lo podemos demostrar con una cosa bien simple: el anuncio de que el primer ungido -un príncipe- habría de manifestarse siete semanas después.

Si empezamos a contar desde el año 588 AEC y agregamos 49 años (siete semanas), llegamos al año 539 AEC. ¿Qué sucedió ese año? Ciro el Persa conquistó Babilonia y decretó el regreso de los exiliados.

¿Les parece demasiado radical decir que Ciro es el primer “ungido” o “mesías” del que habla Daniel? Bueno, Isaías así lo llamó: “Así dice el Señor a su mesías Ciro...” (Isaías 45:1). En hebreo, KOAMAR ADONAI LIMESHIJO LEKORESH.

No hay duda posible: LIMESHIJO, su Mesías.

Entonces, toda la cuenta de Frydland está mal. Según el texto bíblico, antes de Artajerjes hubo órdenes de Darío, antes de Ciro, y antes de D-os mismo por boca de Jeremías. Daniel simplemente anuncia que, siete semanas después de que saliera la orden para restaurar Jerusalén, se manifestaría un príncipe ungido: Ciro. Y el dato fue correcto.

Claro, de todos modos hay errores en Daniel, y eso tiene que ver con el último error de Frydland.

h) Suponer que la profecía de Daniel no puede equivocarse

Daniel no es un libro profético. Desde ANTES del nacimiento de Jesús, Daniel ya estaba clasificado como un Escrito (Ketuvim), no como un Profeta (Neviim). Por lo tanto, el Judaísmo nunca esperó un cumplimiento estricto de este oráculo, porque Daniel ha sido visto como un visionario, pero no como un profeta.

Y la razón es simple: el libro de Daniel está PLAGADO DE ERRORES.

El más evidente tiene que ver con la cronología de los reyes Medo-Persas. Daniel 5:31 dice que el rey Belsasar de Babilonia fue depuesto por Darío de Media, que tomó el poder. Los dos datos son inexactos: en ese momento, el rey no era Belsasar, sino Nabonido, y quien conquistó Babilonia fue Ciro el Medo, no Darío.

Se han inventado todo tipo de pretextos para explicar eso: que si Darío el Medo fue Gobrías, el general persa (¿un medo fue un persa?) que derrotó a Nabonido, o que si Belsasar era regente en Babilonia.

No hay vuelta de hoja: allí no se identifica a Belsasar como regente de una ciudad, sino como emperador. El capítulo empieza diciendo “el REY BELSASAR hizo un banquete A MIL DE SUS PRÍNCIPES...”. No hay confusión posible. Y la identificación de Darío el Medo con Gobrías es tan lógica como la identificación de la Luna con el queso.

Siguiente error: Daniel 6:1 dice que Darío organizó su imperio en 120 satrapías. De entrada, con eso se demuestra que no puede ser el Gobrías histórico, que nunca tuvo semejante poder. Y de salida, el hecho histórico demostrado de sobra es que el Imperio Aqueménida (también llamado Medo-Persa) sólo tuvo 23 satrapías en su momento de mayor expansión. Así que a Daniel le sobran 97 satrapías.

Otro error: Daniel 9:28 supone que Ciro gobernó después de Darío. En realidad, fue al revés. Lo único que pasa en Daniel es que el autor de la versión final confundió a Ciro con Darío. Si se cambian los nombres, todo se resuelve como por arte de magia.

Otro más: Daniel 9:1 identifica a Darío como “hijo de Ajashverosh”, lo que suele traducirse como “hijo de Asuero” o “hijo de Artajerjes”.

Darío el Grande -el que se supone fue contemporáneo de Daniel- fue hijo de Histaspes. El Darío que fue hijo de un Artajerjes, fue Darío II, hijo de Artajerjes I. Pero resulta que Darío II empezó a reinar en el año 423 AEC, y los eventos narrados en Daniel pretendidamente suceden en el año 539 AEC. Más de un siglo de diferencia.

Todos esos errores han demostrado indiscutiblemente que Daniel no es un libro profético, sino un libro de visiones (y no sé si estén enterados, pero para el Judaísmo hay una diferencia muy clara entre ambas cosas, y se abordan, estudian e interpretan de manera diferente).

Así que toda la reflexión sentimental de Frydland sobre por qué no podemos darnos el lujo de considerar a Daniel un “falso profeta” está de más.

8 El nacimiento virginal

Finalmente, Frydland comete un error de nivel primaria al apelar al concepto de nacimiento virginal del Mesías.

Ese es un asunto resuelto por los especialistas desde hace siglos: el texto hebreo original NO HABLA DE UN NACIMIENTO VIRGINAL. Habla de una joven, no de una virgen. Incluso, las modernas traducciones de la Biblia al español ya no usan la palabra “virgen”.

Frydland apela a un dato mal enfocado: los 70 sabios que tradujeron la Septuaginta entendían bien la palabra “almá” y por eso la tradujeron como “partenos” (virgen, en griego), demostrando que se entendía un nacimiento virginal.

Semejante opinión tiene dos serios defectos.

a) Es increíble que Frydland se crea LA LEYENDA de los 70 sabios que tradujeron la Septuaginta. Ningún especialista le da validez histórica a ese relato. La Septuaginta se tradujo paulatinamente y de modo más bien caótica, y originalmente sólo era la traducción de la Torá. Con semejante apreciación, Frydland sólo se evidencia como un ignorante en materia de historia.

b) Frydland no explica por qué NADIE en el Judaísmo, NUNCA en la Historia, habló de Isaías 7:14 como la profecía de un nacimiento virginal. Entre Isaías y Jesús hay más de 700 años de diferencia, y en ese lapso NADIE habló de nacimientos virginales. Y, por cierto, nadie lo ha hecho después FUERA DEL CRISTIANISMO.

Finalmente, Frydland también evidencia su ignorancia en cuanto a los muy particulares usos del griego por parte de los judíos que elaboraron la Septuaginta. Efectivamente, PARTENOS significa “virgen” en griego, pero está claro que los judíos NO APLICABAN ASÍ LA PALABRA.

En la Septuaginta, en Génesis 34:3 se menciona que Dina, la hija de Yaacov, fue seducida por Shejem, y que después de que “la deshonró”, se enamoró de ella. Bien: es obvio que ALLÍ NO SE ESTÁ HABLANDO DE UNA MUJER VIRGEN. Pero la Septuaginta dice que Shejem se enamoró de la “joven”, y usa la palabra PARTENOS. Eso demuestra que los judíos no entendían PARTENOS como “virgen”, sino como “joven”.

EN RESUMEN

Lo único que encuentro en el texto de Frydland es ignorancia, ignorancia y más ignorancia. Y, de paso, manipulación.

Eso a mí no me convence. Y, en realidad, a ningún judío medianamente educado.


No sé a ustedes...

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